Tarde con Marta.

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La sonrisa de Marta y la mía nos acompañaron el resto de la tarde, convirtiéndola en algo más inocente y quitándole importancia al rato de placer compartido, quedando como un juego más, algo de lo que disfrutar sin pensar, con total naturalidad, un aliciente más en nuestra amistad.

Tarde con marta 1

Nuestros dedos siguieron procurándonos caricias sobre brazos y piernas, aprovechando ese placer residual y la sensibilidad de la piel. Nos fuimos recomponiendo poco a poco, como despertando de un largo letargo, sabroso y excitante. Nuestra conversación era calmada, como si nada hubiera pasado, como algo normal y cotidiano. Su casa era confortable, me encontraba a gusto entre sus cosas, su vida. “Voy a hacer un curso de decoración”, dijo de repente al ver que miraba uno de los tantos libros de ese tema que tenía sobre la mesa, “De esos online, tiene buena pinta”, añadió asintiendo con cara seria, demostrando que sabía de lo que hablaba. Sonreí pensando que sonaba interesante. “Me gustaría dedicarme a eso, ser decoradora”, siguió contándome. No era mala idea, era una chica resuelta y tenía mucho gusto y buenas ideas. Me habló apasionadamente del tema, gesticulando mientras contaba sus planes, detallando los pros y los contras de cada punto, de cada decisión que iba a tomar. Yo me mostraba activa y totalmente interesada tanto en la idea como en ella, en su expresión y su pasión mientras me hablaba de papeles de pared, muebles multifunción y espacios abiertos, llegando a debatir con ella mis ideas sobre mezclar estilos y recuperar piezas interesantes. Hablamos tanto que nos dió sed y Marta, una vez en la cocina, empezó a hacer unos sándwiches también. Se desenvolvía con soltura, acariciando las rebanadas de pan, untando la mantequilla meticulosamente y chupándose los dedos al acabar. Al ayudarla, los roces continuos de nuestras manos hicieron que el deseo tensara de nuevo un poco el ambiente, erizando la piel y despertando miradas pícaras.

tarde con marta 2

En la compacta cocina el calor aumentaba por momentos y el aire se iba cargando de esa pequeña tensión cálida, relajante y excitante al mismo tiempo, hasta que nuestras sonrisas dieron paso a unos suaves besos, húmedos y tiernos, preliminares del sándwich, por supuesto.

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