Secadita.

Todavía entre jadeos cerramos el grifo, ella aún con la espalda apoyada en la pared de azulejos y yo respirando su dulce aliento. Logramos abrir la mampara con las piernas temblorosas, emergiendo de entre el vapor, chorreando, llegando a las toallas y abrazándonos a ellas sin dejar de mirarnos. Me sequé la cara primero y…