Claridad.

“Sabes que puedes venir cuando quieras…”, susurré mirando el piso vacío en lo que apoyaba la cabeza en su hombro, las dos sentadas en el suelo. “Lo mismo te digo, ven a casa cuando te apetezca”, rechistó ella, mojándome la cara con el fleco. “Todo va a salir bien, no tengas miedo”. Tenía razón, era…