Con el deseo a cuestas.

Casi no cabíamos en el baño. Las cinco, apretadas, fuimos desnudándonos intentando no darnos codazos, rozando las pieles todavía pegajosas por la sal, pero manteniendo la compostura de una ducha entre amigas. Al quitarme el vestido, mi cadera acarició la de Marta, mientras mis ojos se posaban en el tatuaje de Sandra. Al desnudarse, la…